Cátulo Castillo: un artista fundamental

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A 110 años de su nacimiento

“Descanso Dominical González Castillo”, dijo su padre al querer anotar al niño que nació el 6 de agosto de 1906 en el registro civil. El empleado se negó. Los ideales anarquistas de José González Castillo, dramaturgo, director de teatro, libretista de cine y letrista de tango, no pudieron quedar plasmados en el nombre de su hijo. Finalmente, optó por dos maestros de la literatura clásica y lo llamó “Ovidio Cátulo”.

 

Las inquietudes del joven Cátulo Castillo oscilaban entre el boxeo y la música. En el pugilismo no le iba nada mal, llegó a ser seleccionado como uno de los mejores pesos plumas para representar al país en las Olimpíadas de 1924. Pero la música le ganó al box.

 

Con sólo 17 años, compuso la música de “Organito de la tarde”, con letra de su padre, tango que pega en el ambiente.  Durante 1925 y 1926, aparecen “Acuarelita de arrabal”  y “Silbando” (en colaboración con su amigo de Boedo Sebastián Piana), “Juguete de placer”, “Aquella cantina de la ribera” y “El circo se va”. Casi todas las composiciones fueron grabadas por Gardel en Nacional Odeón  y por otras figuras como Roberto Firpo, Azucena Maizani y Francisco Canaro.

 

Luego vinieron varios viajes por Europa, hasta que con 22 años, viaja con su propia orquesta, llevando al cantor Roberto Maida, a los tres hermanos Malerba, a Miguel Caló y él como violinista-pianista-director. Allí grabaron varios temas y conquistó el éxito en el viejo continente.

 

Junto a su padre compuso en 1929 (año en el que también ganó por concurso su cátedra de “Historia de la música” en el Conservatorio Municipal Manuel De Falla) el tango “Música de calesita”, que fue grabado por Ignacio Corsini, quien también registró de ambos autores: “Invocación al tango”.

 

A continuación se sucedieron obras como “Corazón de papel”, “La violeta”, “El aguacero” y “Tango sin letra”.

 

José González Castillo, su padre, muere en 1937 y Cátulo se vuelca a las letras, sin abandonar la música. En la década del cuarenta llegarían “Caserón de tejas”, “Tinta roja”, “María”, “Café de los Angelitos”, “Bandita de mi pueblo”,  “Luna llena”, “Se muere de amor”, “Te llama mi violín”, “Una vez”. En los cincuenta, “Una canción”, “Desencuentro”, “La última curda”, “La cantina”  “Y a mi qué”, “A Homero”, “La calesita”, “Sin ella”, entre otros.

 

Además, trabajó adaptando y escribiendo obras de teatro y como periodista en revistas y periódicos, escribió canciones para películas, libros, guiones… La obra de Cátulo es inabarcable en pocas líneas, y asimismo sería una falta de respeto intentar hacerlo.

 

Cátulo, siguiendo los genes de su padre, lideró la causa gremial desde SADAIC. Fue Secretario de Cultura de Perón. Fue perseguido e integró “listas negras”. Fue veterinario improvisado. Fundó el Movimiento Argentino para la Protección de Animales (MAPA). Fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Y un gran etc.

 

Murió el 19 de octubre de 1975. Artista completo, dominó la composición musical y poética, boxeador, luchador, protector de los animales. En estas fechas, ante personalidades de este calibre, es difícil celebrarles el cumpleaños sin la nostalgia de su ausencia.

 

Hoy, además de su invalorable legado artístico y humano, tiene una casa de tango nombrada en su honor: “Cátulo Tango”, situada en la esquina de Anchorena y Zelaya en pleno Abasto porteño. Allí, en una cena show, el “Chiqui” Pereyra, Cecilia Casado y el joven y talentoso Jesús Hidalgo, acompañados por un sexteto en vivo y cinco parejas de bailarines, recorren las obras del artista que le da nombre a la casa, y así renace, noche a noche, en letra y música.

 

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